Carta de José Martí. 

Leer, escribir, contar: eso es todo lo que les parece que los niños necesitan saber. Pero ¿A qué leer, si no se les infiltra la afición a la lectura, la convicción de que es sabrosa y útil, el goce de ir levantando el alma con la armonía y grandeza del conocimiento? ¿A qué escribir, si no se nutre la mente de ideas, ni se aviva el gusto de ellas?

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Contar sí, eso lo enseñan a torrentes. Todavía los niños no saben leer una sílaba, cuando ya les han enseñado a las criaturitas de cinco años a contar de memoria hasta cien.

¡De memoria! Así rapan los intelectos, como las cabezas. Así sofocan la persona del niño, en vez de facilitar el movimiento y expresión de la originalidad que cada criatura trae en sí; así producen una uniformidad repugnante y estéril, y una especie de librea de las inteligencias.

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En vez de poner ante los ojos de los niños los elementos vivos de la tierra que pisan, los frutos que cría y las riquezas que guarda, los modos de fomentar aquéllos y extraer éstas, la manera de librar su cuerpo en salud de los agentes e influencias que lo atacan, y la hermosura y superior conjunto de las formas universales de la vida, prendiendo así en el espíritu de los niños, la poesía y la esperanza indispensables para llevar con virtud la faena humana,-los atiborran en estas escuelas de límites, de Estados e hileras de números, de datos de ortografía y definiciones de palabras.

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Y así, con una instrucción meramente verbal y representativa, ¿Podrá afrontarse la existencia, la existencia en este pueblo activo y egoísta, que es toda de actos y de hechos?

No en vano andan canijos y desorientados, por las calles, reducidos a mandaderos de comercio, la mayor parte de los niños que, sin más dote que una mala letra y un poco de lectura y aritmética, salen a lostrece o catorce años de las escuelas públicas. De los que llegan de afuera, con el empuje que da la necesidad; de los que se forman y levantan en el campo, con la pujanza que da el trabajo directo; de los espíritus genuinos que traen en sí la fuerza original incontrastable; de eso viene a esta tierra su crecimiento e ímpetu, no de estas hordas impotentes, criadas por padres ansiosos y maestras coléricas, en escuelas de mera palabra, donde apenas se enseña más que el modo aparente de satisfacer las necesidades que vienen del instinto.

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De raíz hay que volcar este sistema. Ya esto se empieza a ver aquí confusamente. Se ve el fracaso, y buscan el remedio. “¡Pongan al muchacho entero en la escuela!” “Put the whole boy to school!” acaba de decir con mucha razón en San Luis un defensor de la educación industrial; pero todavía eso no es bastante.

El remedio está en desenvolver a la ves la inteligencia del niño y sus cualidades de amor y pasión, con la enseñanza ordenada y práctica de los elementos activos de la existencia en que ha de combatir, y la manera de utilizarlos y moverlos.

El remedio está en cambiar bravamente la instrucción primaria de verbal en experimental, de retórica en científica; en enseñar al niño, a la vez que el abecedario de las palabras, el abecedario de la naturaleza; en derivar de ella, o en disponer el modo de que el niño derive, ese orgullo de ser hombre y esa constante y sana impresión de majestad y eternidad que vienen, como de las flores el aroma, del conocimiento de los agentes y funciones del mundo, aun en la pequeñez a que habrían de reducirse en la educación rudimentaria.

Hombres vivos, hombres directos, hombres independientes, hombres amantes. Eso han de hacer las escuelas, que ahora no hacen eso. -Eso hizo aquel santo Peter Cooper, que padeció de ignorancia y abandono, y levantó escuela donde se aprendiese la práctica de la vida en sus artes usuales y hermosas,- y la religiosidad y moralidad que surgen
espontáneamente del conocimiento de ellas.

 

Eso, a tientas aún, quisieran hacer aqui con el sistema de escuelas públicas los reformadores más juiciosos: reconstruirlo de manera que no apague al hombre, y surja al sol todo el oro de su naturaleza.

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